La meta de Dios para nosotros es la perfeccion.

Devocional Diario 13 de Octubre de 2015
de Dr. Alfonso Diaz – martes, 13 de octubre de 2015, 09:55

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:1-2).

En estos dos versículos, Juan nos da el modelo perfecto de Dios para su pueblo, y su provisión de gracia para cuando haya fracaso. La expresión “hijitos míos” se podría haber traducido mejor por “queridos hijos”, y se refiere a todos los miembros de la familia de Dios. El modelo perfecto se nos presenta con las palabras, “estas cosas os escribo para que no pequéis”. Como Dios es perfecto, el modelo para su pueblo es de absoluta perfección. No sería Dios si dijese, “estas cosas os escribo para que pequéis lo menos posible”. Dios no puede permitir el pecado aun en el mínimo grado, y por ello nos pone por meta la perfección. El Señor Jesús hizo esto con la mujer que fue descubierta en acto de adulterio. Dijo: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

Al mismo tiempo, el Señor conoce nuestra condición. Recuerda que somos polvo, y por tanto ha provisto por nosotros en caso que fallemos. Esto está expresado con las siguientes palabras: “y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Un abogado es el que se pone al lado de otra persona en tiempo de necesidad para ayudar. Esto es exactamente lo que hace el Señor Jesús por nosotros cuando pecamos. Inmediatamente viene a donde estamos para restaurar nuestra comunión con él. Dese cuenta de que no dice, “si cualquiera confiesa sus pecados…” Como abogado nuestro, el Señor busca el llevarnos al punto en el que confesemos y rechacemos nuestros pecados.

Hay algo maravilloso en este versículo que nosotros no deberíamos pasar por alto. Dice, “si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre”. No dice con Dios, sino con el Padre. En otras palabras, sigue siendo nuestro Padre aunque pequemos. Esto nos recuerda la bendita verdad de que a pesar de que el pecado en la vida de un creyente rompe la comunión, no rompe la relación. Cuando una persona nace de nuevo se convierte en un hijo de Dios. Dios es por tanto su Padre, y no hay nada que pueda afectar a esta relación. Un nacimiento es algo que no se puede deshacer. Un hijo puede deshonrar a un padre, pero seguirá siendo su hijo por el hecho del nacimiento.

Dios te bendiga.

Dr. Alfonso Díaz
Ministerio Creando Conciencia
www.ministeriocreandoconciencia.org

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